Y es probable que los resultados te sorprendan
Recuerdo haber identificado en los elementos que influyeron en mi infancia lo que yo llamé, posteriormente en mi vida y con más conocimientos al respecto de la naturaleza humana, la filosofía Disney. ¿En qué consistía esta filosofía? Muy sencillo: no importa la historia, encontraremos personajes buenos y malos y, sistemáticamente. los buenos siempre ganan.
La virtuosa mujer, símbolo de la inocencia y de todas otras virtudes, era identificada por el caballero o príncipe, quien privilegiaba esas virtudes por encima de cualquier otra característica personal, y convertía a dicha mujer en una princesa, como corresponde con todos aquellos que se portan bien.
Como en todas las historias existían malos, malos de corazón, mente y espíritu. Malos de toda maldad e intención. Personas que hacían el mal únicamente por disfrute o ganancias personales a pesar de cualquier daño que causasen a otros, pero que indefectiblemente iban a ser incapaces de triunfar sobre las grandes virtudes que encarnaban príncipe y princesa.

La tercera Ley de Newton, acción y reacción, aplicada a los quehaceres mundanos. Tú te portas bien, acción, y recibes el premio, reacción. Y esta relación causa-efecto simplemente no podía fallar, a menos de que estuvieras dispuesto a que tu creación literaria o fílmica estuviera irremediablemente dirigida al fracaso económico y social más absoluto.
Luego, años más tarde, a Disney le daría por dejarse de historias predecibles pero exitosas, se volvió woke y sin abandonar la misma temática de que los buenos siempre ganan, lo que hizo fue cambiar a quienes se les iba a considerar buenos a partir de las nuevas consideraciones del progresismo cultural e insensato de nuestros días. Lo insensato, lo reconozco, es una interpretación personal de la que difícilmente estaré dispuesto a claudicar.
A lo que voy es que, sea quien sea el considerado bueno, en las películas, y no solo en las de Disney, siempre gana y quien pierde, a veces muy definitivamente y en otras no tanto, es el malo. Es más, si el malo queda vivo o escapa a pesar de haber fracasado en su obra de maldad, puedes apostar lo que sea a que los productores ya están preparando la secuela, una segunda parte en la que el bueno volverá a ganar.
Pero en la vida real la cosa no es ni cercanamente parecida a la de las películas. No sé tú, pero yo tengo la impresión de que el malo es el que gana, casi siempre, en la vida real. Veamos un ejemplo. O muchos, que elegir uno solo es complicado de narices en la España actual.
Un político, sin dar nombres, miente de manera evidente y sistemática, y para nadie es sorpresa ni desconocido. Está rodeado de corrupción y posiblemente involucrado directamente en esta. Varios de sus colaboradores directos han sido evidenciados en actos de corrupción y de una vulgaridad extrema e indigna para los puestos que representan y hasta familiares directos han utilizado sus redes de poder para lograr beneficios propios, irregulares e indecentes.
Es el malo por definición. Su trabajo personal va dirigido de manera sistemática a permanecer en el poder a costa de lo que sea menester y en contra de quien sea menester. Te digo, malo de toda maldad. Y, a pesar de todo, sé con certeza que nada le va a pasar. Ni a él, ni a sus secuaces, quienes pasarán, a lo mejor, algún tiempo en la cárcel y saldrán después a disfrutar lo robado. No sé, pero en términos de coste-beneficio, a lo mejor a ellos les vale la pena.

Otro ejemplo, que ya te digo que hay muchos. Un dictador de sudamérica, probado criminal en cuanto a violación de derechos humanos se refiere, involucrado hasta las cejas en delincuencia de todo tipo, represor en grado extremo de cualquier tipo de libertades individuales y civiles en su país (y literalmente es su país), e inequívocamente expuesto como perpetrador de fraudes electorales indiscutibles para seguir en el poder (la envidía de muchos políticos españoles), se va a retirar a un país amigo, a disfrutar de sus millones de dólares, robados a su pueblo, como la única forma en que este personaje está dispuesto a dejar el poder sin provocar un enorme derramamiento de sangre, cosa que nadie, excepto él, desea. Vamos, que más malo es complicado ser.
Y ahora veamos el caso contrario. Personas, se cuentan por miles, que, después de haber trabajado con cierto nivel de decencia toda su vida, no digo que moralmente impolutos, pero ciertamente sin estos comportamientos descritos anteriormente perfectamente clasificables como psicopatológicos, terminan sus vidas con más penas que gloria. Tal vez no son exactamente los buenos del todo, pero con ellos, con nosotros, las leyes de Newton parecen aplicarse con más rigor.
Escuchaba esta mañana el caso de dos ejecutivos que denunciaron conductas inadecuadas de sus jefes y al día de hoy están sin trabajo, despedidos y sin un futuro motivante por delante. Las leyes de Newton pero al revés. Las películas dicen una cosa pero la vida dice otra y muy distinta. Y esto, aunque te suene complicado, tiene mucho que ver con la Inteligencia Emocional.
La promesa rota de la Inteligencia Emocional.
En 1995 Daniel Goleman publicaba su gran éxito de ventas La Inteligencia Emocional, resultado de años de investigación acerca de lo que podríamos denominar éxito social y los factores conductuales que lo acompañan y detonan.
Goleman, en su libro, intentaba demostrar que las personas estudiadas y clasificadas como personas de éxito social compartían ciertas características personales a las que en conjunto denomina Inteligencia Emocional. De manera implícita, Goleman expresaba con vehemencia que estas características se podían trabajar, desarrollar e incrementar y, como consecuencia de este trabajo, se podría optar a un mayor éxito profesional, personal y social.
Su libro fue éxito de ventas y, ciertamente, modificó la forma en que se seleccionó y reclutó a los empleados en las grandes empresas, al menos en Estados Unidos, a partir del siglo XXI. Me parece que en otros países, como España por ejemplo, la moda llegó para convertirse en objeto de estudio pero no de aplicación. Mi impresión es que, en estos países, la Inteligencia Emocional se estudia, se menciona cuando se quiere quedar bien, pero se carece de toda intención de llevarla a la práctica a nivel profesional o personal. O porque no se entiende o porque, sinceramente, carece de importancia total. Una historia similar al concepto Coaching, del que sabemos mucho pero aplicamos poco o nada.
Sin embargo, para mi la Inteligencia Emocional fue determinantemente importante. Y te puedo contar por qué. Verás, cuando tendría yo unos 12 años, uno más o uno menos, me hicieron en el colegio una prueba de medición del intelecto. Lo que se conoce como IQ por sus siglas en Inglés, o Coeficiente Intelectual. Para ser precisos, la prueba, toda una muestra de modernidad por parte del colegio en esos tiempos, se la hicieron a todo el alumnado de cierta edad para arriba, que a los más peques no les aplicaba. Mi hermano menor, solo un año, realizó la prueba también.

Como antecedente, resulta revelador para la historia destacar que yo obtenía, no sin esfuerzo, muy buenas notas mientras que mi hermano tenía más suspendidos que aprobados, por lo que era una preocupación para mis padres. Días después, la directora llamó a mis padres para comunicarles los resultados de la prueba, y aquí es donde la cosa se puso seria para mi.
Mi hermano, el mal estudiante, el que preocupaba a mis padres por su bajo rendimiento, había salido notablemente superior al promedio. La directora les mencionó que su resultado estaba en el rango de Inteligencia Brillante, no genialidad, pero arriba del promedio. Me faltan palabras para describir la alegría de mis padres que, de repente, habían descubierto que mi hermano sí tenía, después de todo, remedio.
Como a mi no me decían nada, sospechosamente, decidí atreverme a preguntar por mi resultado. Mi madre, cariñosa como siempre fue, me dijo en el tono más amable y amoroso que todavía recuerdo y que es el que se usa para decirle algo doloroso a alguien a quien quieres mucho pero se lo tienes que decir, “Hijo mío, la inteligencia no lo es todo. Hay otros valores en la vida igual de importantes.”
Puedo decirte que, después de haber visto la alegría de mis padres por los resultados de mi hermano, eso de que hay cosas más importantes no me convenció del todo, así que seguí preguntando. Finalmente supe que mi resultado en el dichoso test había sido promedio, es decir, mi edad mental correspondía con mi edad cronológica, lo que según entendí yo, no era nada digno de mencionar siquiera.

A partir de ahí, he sido más promedio que el arroz blanco en un menú de restaurante en todo lo que hago. Hasta que… hasta que leí el libro de Goleman con el que empecé este artículo. La lectura de ese libro me convenció, y además era fundamentalmente la tesis del libro, que la Inteligencia Emocional era más determinante para el éxito en la vida que el intelecto.
En los años siguientes hice de la Inteligencia Emocional casi mi religión (perdona Dios si sueno a que te sustituí pero nada más lejos de la realidad). Estudié, viví y soñé con la IE. Trabajé y estudié con los más grandes, como Robert Cooper o el mismo Goleman e incluso creé, en base a mis colaboraciones con Robert, un cuestionario de medición del Coeficiente Emocional que ha sido central en mi trabajo como consultor de empresa en los últimos 40 años.
Este cuestionario ha sido denominado por decenas de mis clientes como una de las herramientas de medición y predicción de la conducta más precisas que hayan encontrado. No nada más lo encontraron preciso, además lo encontraron útil, porque les permitió tomar decisiones que a la larga resultaron fundamentales. Por supuesto, ha sufrido alguna modificación a lo largo de los años, pero en esencia es el mismo y, puedo decir con orgullo, que lo he aplicado en países como México, Colombia, Estados Unidos, España, Costa Rica, Brasil, Argentina y varios más, con notable éxito.
Hace un par de días pensé que los más de 3000 cuestionarios aplicados a lo largo de todos estos años podrían darme información importante si los analizaba por niveles jerárquicos. Es más, podrían demostrar que la tercera Ley de Newton, la de acción-reacción, podría quedar demostrada en su eficacia al menos en algo en la vida profesional. Me explico: que las personas de más nivel que respondieron el cuestionario debieran de mostrar en su conjunto unos mayores índice de Coeficiente Emocional. Estas son las conclusiones que he obtenido sin revelar en ningún momento datos de índole confidencial.
Los resultados del cuestionario (y te van a sorprender).
Con la ayuda de Inteligencia Artificial he podido unir los resultados de todos estos cuestionarios aplicados y separarlos en función del nivel jerárquico. En concreto lo he dividido en tres niveles, porque algunos participantes son más complicados de distinguir, dadas las diferencias entre países, por lo que me quedan nivel Alto, Mandos Medios y Operadores. Algún grado de error existirá, sin duda, sobre todo después de tantos años, pero asumo, por mis datos, que el error es mínimo y no altera la interpretación de los resultados.
La gráfica que voy a presentar es el promedio internacional de 3321 cuestionarios en diversas empresas. Con estos datos se presenta siempre la tentación de dividirlos en países, sectores o tipos de industria, pero además de ser mucho trabajo y probablemente irrelevante, estaría siempre sometido a interpretaciones de tipo racista o sectorial, por lo que me conformo con haberlo hecho por nivel jerárquico.
La gráfica en cuestión muestra los resultados por cada una de las características de la Inteligencia Emocional y las promedia al final en lo que denominaríamos el Coeficiente Emocional. Es decir, los datos muestran el grado de dominio, a más alto más dominio, de cada nivel en Autoconocimiento, Autorregulación, Automotivación, Empatía y Habilidades Sociales. Veamos.

Conclusiones de los Resultados
Lo que te presento a continuación es el resumen de los promedios obtenidos por los tres niveles jerárquicos en cada una de las cinco características de la Inteligencia Emocional, así como el Coeficiente Emocional general. Recuerda que la calificación de «aprobado» es del 70%.
| Característica de la IE | Nivel Mando Alto | Nivel Mando Medio | Nivel Operativo |
| Autoconocimiento | 65,00% | 50,00% | 50,00% |
| Autoregulación | 38,00% | 48,00% | 65,00% |
| Automotivación | 60,00% | 35,00% | 54,00% |
| Empatía | 38,00% | 63,00% | 70,00% |
| Habilidades Sociales | 51,00% | 35,00% | 23,00% |
| Promedio CE | 50,40% | 46,20% | 52,40% |
Las conclusiones que saltan a la vista al analizar esta tabla son, cuanto menos, sorprendentes, y contradicen directamente la promesa de la Inteligencia Emocional como camino inequívoco hacia el éxito profesional de alto nivel:
- El Éxito y la IE no Correlacionan Positivamente, y Nadie Aprueba: Contrariamente a la tesis central del libro de Goleman, el Coeficiente Emocional promedio es bajo en todos los niveles. Ninguno de los tres niveles jerárquicos alcanza la calificación de «aprobado» (70%), siendo los promedios: Nivel Alto (50,40%), Nivel Mando Medio (46,20%) y Nivel Operativo (52,40%). De hecho, el nivel con el promedio más bajo es el «Nivel Mando Medio».
- Los Operadores son los más «Inteligentes Emocionalmente» (en promedio): Los resultados indican que el nivel Operativo obtiene el Coeficiente Emocional promedio más alto (52,40%). Además, es el único nivel que alcanza el aprobado en una característica específica: Empatía (70,00%).
- Variación Irregular del CE con la Jerarquía: No se observa una correlación lineal clara (ni positiva ni negativa) entre la posición jerárquica y el Coeficiente Emocional. El CE es más alto en el nivel Operativo (52,40%), seguido por el Nivel Alto (50,40%), siendo el Nivel Mando Medio el más bajo (46,20%). Todos los niveles se encuentran suspendidos.
- Puntos Críticos en el Nivel Alto: Los directivos de «Nivel Alto» suspenden en todas las áreas. Sus puntuaciones más bajas se registran en Autorregulación (38,00%) y Empatía (38,00%), lo que podría interpretarse como una tendencia a la impulsividad e insensibilidad. Su mejor puntuación es en Autoconocimiento (65,00%).
1. Variación en las Características de la IE por Nivel de Mando
- Autoconocimiento: El nivel de Mando Alto presenta el porcentaje más alto (65%), mientras que los niveles de Mando Medio y Operativo tienen porcentajes iguales (50%). Esto sugiere que el autoconocimiento es más pronunciado en los líderes de alto nivel.
- Autoregulación: El nivel Operativo muestra el porcentaje más alto (65%), seguido por el Mando Medio (48%) y el Mando Alto (38%). Esto indica que la capacidad de autoregulación es más fuerte en los niveles operativos.
- Automotivación: El Mando Alto tiene el porcentaje más alto (60%), seguido por el Operativo (54%) y el Mando Medio (35%). La automotivación es más destacada en los niveles de Mando Alto y Operativo.
- Empatía: El nivel Operativo exhibe el porcentaje más alto (70%), seguido por el Mando Medio (63%) y el Mando Alto (38%). La empatía es una característica sobresaliente en los niveles operativos y medios.
- Habilidades Sociales: El Mando Alto tiene el porcentaje más alto (51%), mientras que el Mando Medio (35%) y el Operativo (23%) muestran porcentajes más bajos. Esto sugiere que las habilidades sociales son más desarrolladas en los líderes de alto nivel.
2. Fortalezas y Debilidades por Nivel
- Mando Alto: Destaca en Autoconocimiento y Automotivación, lo que sugiere que los líderes de alto nivel tienen una fuerte comprensión de sí mismos y una alta motivación. Sin embargo, muestra un porcentaje más bajo en Autoregulación y Empatía.
- Mando Medio: Presenta un equilibrio en Autoconocimiento y Autoregulación, pero tiene el porcentaje más bajo en Automotivación y Habilidades Sociales.
- Nivel Operativo: Sobresale en Autoregulación y Empatía, lo que indica una fuerte capacidad para manejar emociones y comprender a los demás. Sin embargo, tiene el porcentaje más bajo en Habilidades Sociales.
3. Patrones Inversos
- Se observa un patrón inverso entre el Mando Alto y el Nivel Operativo en algunas características. Por ejemplo, el Mando Alto tiene el porcentaje más alto en Autoconocimiento, mientras que el Nivel Operativo tiene el más bajo. Por el contrario, el Nivel Operativo tiene el porcentaje más alto en Autoregulación y Empatía, mientras que el Mando Alto tiene el más bajo en estas características.
Estos resultados sugieren que el éxito profesional en los niveles más altos podría estar desligado, e incluso ser inversamente proporcional, a lo que se define como Inteligencia Emocional. Podría ser que las características que se necesitan para sobrevivir y ascender a la cúspide sean precisamente aquellas que el cuestionario de IE castiga: menos empatía, menos autorregulación, y un foco diferente en la automotivación que puede rozar el interés puramente personal.
En otras palabras, la persona con más bondad, sensibilidad y autorregulación (el «bueno» de la película), está abajo. Y el «malo» (el que carece de las virtudes emocionales necesarias para aprobar), está arriba. Esto, sin duda, conecta directamente con la pregunta inicial: ¿Por qué los malos siempre ganan?
Los enigmas sin resolver
Otras preguntas interesantes planteadas por muchos pensadores son, “¿por qué las peores y más ineptas personas llegan a la cúspide de los partidos políticos?” o “¿por qué los líderes de los países son siempre tan nefastos, ineptos e incapaces?. Vamos, ¿por qué lo peor llega siempre al poder? ¿No había gente más preparada que los que están mandando? La respuesta, por incomprensible que parezca es que sí, existe siempre gente infinitamente mejor, más apta, inteligente, moral y éticamente superiores, más culta y menos egoísta quienes podrían desempeñar esos puestos con mayor eficacia y contribución social.
Sé que hay analistas y pensadores que han buceado hasta las profundidades de estas preguntas y han encontrado, eso dicen, una respuesta satisfactoria. Pero, tal vez, otra respuesta sea que el mundo no funciona con las leyes de Newton tal y como nos las enseñó Disney.
Así que si estás atento, habrás llegado a la conclusión de que a veces la vida parece una película dirigida por alguien con sentido del humor retorcido. Creemos que lo importante es ver a los malos tropezar y rodar por la colina, pero quizá nos obsesionamos con el final como si buscáramos el cierre en el tráiler y nos perdemos lo verdaderamente importante y que termina siempre siendo el viaje, el proceso, la vida en sí misma.
En realidad lo que cuenta es el viaje: las pequeñas escenas, los giros inesperados y los diálogos malos que nos hacen aprender (o al menos reír). Saber que quien obra mal acaba pagándola —si es que la vida no se queda sin presupuesto— no cambia mucho mi día a día. Sí, sé que al final el karma les da su merecido (probablemente aburriéndolos en una oficina eterna o con un Wi-Fi lento), pero confieso que eso no me consuela cuando veo al villano de turno celebrando con champán mientras yo pago los platos rotos.
Aun así, admito que de vez en cuando me gustaría ver a los villanos perder solo para tener la satisfacción de comprobar que Newton no estaba inventando leyes por gusto: acción, reacción… y alguna manzana de por medio. Mientras tanto, mejor disfrutar la función, con palomitas si hace falta, porque el espectáculo sigue y el guión se escribe andando.
